Lecciones de Magia para mi Hijo (once)

Semillita, hace mucho tiempo no me siento a escribirte sobre magia y habrás de perdonar (hoy me vino la gana, que no las musas) he andado ocupado paseando contigo, descubriendo los secretos del universo en cada planetario y museo de la ciudad, levantando escombros intangibles después de aquellos sismos (hay, una grieta en mi corazón) buscando algo de trabajo y compartiendo el espejo con un niño disfrazado de adulto que está por cumplir 40 años. Y hablando del tiempo, tomemos ahí el pretexto para la lección de ahora, que no solo es de hoy. 

Recuerdo que hace poco, escuchaste maravillado la historia de Yuri Gagarin, el primer ser humano en ir al espacio, una odisea de apenas 108 minutos, pero que dejó una página escrita con tinta indeleble en el prontuario de magia que usamos los que sueñan; y es que el tiempo es tan relativo. Por ejemplo, hace casi dos años que no vivimos juntos, poco más de once meses que tu abuelo se convirtió en un pulsar, apenas un par de semanas que aprieta el frío y ni dos días que no te he visto y ya te extraño (tarde se me hacía por volver, a verte).

¿Qué hace que el tiempo sea tan así?. Seguro podrás contestarme con alguna de tus teorías sobre nebulosas y supernovas que generan los hoyos negros que habitan el universo y a veces nuestros pensamientos. Yo por mi parte y acorde a este esfuerzo nigromante, he de decirte que la respuesta no está en atesorar el correr rampante de los días, ni en perseguirles como luciérnagas intentando atraparlas para conservar sus mejores brillos; sino en el sentido personal y trascendente que le des a cada momento.

Lo que hagas que suceda, un instante colmado de significado vale más que todos los segundos que pongas primero. El tiempo que transcurra entre los hechos clave, que veces detonan una implosión de coloridas burbujas y otras son puertas de fuego, que habrás de saber cruzar. Detalles, independientes de su duración, trayectoria o frecuencia que parecen estar conectados por líneas invisibles, repetidos en ciclos, como constelaciones pegadas en el techo de un laberinto, en el que se convierte el humear de cualquier espejo.

Porque de eso va la vida, de coleccionar olvidos y emociones, de tatuarse signos, de colorear libre y de escribir tu propio cuento, de cerrar el puño y levantarlo, lo mismo pidiendo atención que silencio, se trata de salir a la calle y saber de cierto, que los otros no te son ajenos. Y a pesar de asegurarte que tus primeras luchas, pinturas y letras serán peor de lo que esperas, hazlo, no te quedes con las ganas, con cada explosión nace un universo, sé intenso, arriésgate más allá de tus miedos, cuida tu integridad física, pero no te guardes nada para un mejor momento. Repito, no tengas miedo. Esté o no a tu lado, yo estoy contigo.

Hay quien dice que el tiempo todo locura y así, lo cura todo a su tiempo… y es cierto; pero también pasa que nos desesperamos cuando corren las semanas como trenes en un desierto y nos aterran sus consecuencias. Acepta, perdona, asume el riesgo y vive, aunque después no recuerdes con exactitud cómo o por qué llegaste a donde estás ahora (te he dicho que no mires atrás, porque el cielo no es tuyo). ¿Capisci?

A mi por ejemplo, antes me daba miedo olvidar por momentos el timbre de voz de mi abuela, el olor de aquel árbol en mi casa después de la lluvia, el tono exacto de tu risa y de tu llanto nuevo, cómo se sentían las manos de mi padre, las palabras que esa chica me decía en silencio, el frío y el fuego que llevaba puesto a modo de abrigo en las calles de Madrid, en fin. Me daba pánico pensar que un día no recordarás todo lo que hemos hecho juntos, los parques y bosques, las tardes con tu abuela, los viajes y juegos que he inventado para ti, me daba miedo también, olvidar que ya olvidé (y aunque eres invisible veo a través de ti). Que lo urgente le robara espacio a lo importante y quedarme insalvable al borde del camino, ya sabrás a quién estoy citando, y que se me olvidara de a poquito, todo lo que feliz que también he sido (that's not the beginning of the end). 

Pero luego entendí otra lección; el cerebro discrimina y lo hace para cuidarte, pero el corazón tiene su propia manera de vencer al olvido, de dejar en ti su dosis exacta de miel y veneno, para recordarte que recuerdes y aplicar lo aprendido cada vez que lo necesites (enjoy the silence); hay emociones que no podrás recordar minuciosamente, pero que marcarán tu historia como nunca y para siempre. 

Como ese cosmonauta ruso, preparado, pero seguro temeroso de lo que le esperaba allá afuera, mirando de cerca y de frente el ojo azul-verde de lo que otros llaman dios. Como aquella primera vez que me tomaste un dedo, haciéndome prometerte algo que he de intentar cumplir. Tu primera vez en algo siempre será superada por otra mejor, pero habrá en tu vida, un montón de oportunidades para cambiar de ruta e intentar de nuevo, permitiéndote sentir esa emoción que encierra el tiempo y la magia de las primeras veces (quiéreme que el tiempo es humo). 

Yo, por ejemplo, es la primera vez que no tengo a mi papá cerca cuando necesito de él un consejo, que según los médicos peso algo cercano a lo que debiera, que escribo felizmente un libro entero y es ahora también, la primera vez y última, espero, que deba firmar al calce y frente a un juez, que a pesar de haber puesto mi mayor deseo, amor y empeño; las cosas no salieron como esperaba y que esperé demasiado tiempo (in the dark of the night I can hear you, calling my name). Hasta aquí por ahora. Nos vemos pronto, para volver a descubrir por vez primera y juntos… otra región del universo.


Te quiere, Papá.

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